A los 63 años me convertí en un desastre. Las rodillas se me hincharon como sandías. Cada paso dolía hasta la cintura. Pero lo peor — tengo diabetes tipo 2, desde hace 10 años. El azúcar sube y baja, los pies cicatrizan mal. Los médicos solo encogían los hombros.
Me llamo Carlos Méndez. Vivo en la Ciudad de México, en la colonia Iztapalapa. Toda mi vida trabajé al volante — primero en un camión de carga, después 30 años en el taxi. Trabajo sentado, pero para las articulaciones fue un desgaste total.
Los primeros síntomas aparecieron como a los 50 años. Al principio solo me crujían las rodillas. No le di importancia — pensé que eran sales. Después empezaron los dolores después de un turno largo. Y los últimos 5 años ya olvidé lo que es caminar normal.
Fui a nuestra clínica. Me hicieron rayos X. El médico vio las placas y dio el veredicto:
— Don Carlos, usted tiene artrosis de rodilla de tercer grado. Ya casi no tiene cartílago, hueso contra hueso. Necesita un reemplazo de rodilla — cirugía.
— Pues hágalo, doctor.
— Pero hay un problema. Con su diabetes, la cirugía es como jugar a la ruleta rusa. Las heridas cicatrizan mal, alto riesgo de infección. Si se infecta — amputación.
Salí del consultorio con una sola idea: «Mejor morirme que terminar como un muñeco, que mi hija tenga que cambiarme los pañales».
«El médico me dijo que me preparara para lo peor»